Las producciones no tradicionales también se expanden

19 | septiembre | 2017

Las producciones no tradicionales también se expanden

En Córdoba rescatan la polenta blanca, una costumbre del norte italiano; en San Juan aprovechan el orujo de la uva y desde la Puna crece el consumo del cereal andino. Las producciones no tradicionales también se expanden

Aun en un contexto complicado por diversos factores macroeconómicos, los productores de economías regionales buscan revalorizar su actividad, encontrar nuevos segmentos de consumidores y, en algunos casos, asociar su producción al turismo para ofrecer un atractivo extra. Por caso, en Puesto Viejo, un paraje cordobés pegado a Colonia Caroya, Ricardo y Agustín D’Olivo recuperaron la tradición que don José -abuelo y bisabuelo, respectivamente- trajo de Italia en 1908, cuando fundó su almacén de ramos generales. La polenta blanca era el producto más buscado por los italianos del Norte que se habían asentado en la zona.

Hoy, Colonia Caroya es el único lugar del país donde se siembra maíz blanco para polenta (en el noroeste argentino el grano se consume entero). La producción empezó a inicios del siglo XIX en un contexto de chacras y viñedos y, básicamente, los colonos la hacían para autoconsumo. La molienda se hacía en Jesús María, a pocos kilómetros del lugar.

En 1983, cuando el molino de Jesús María se cerró, el cultivo de maíz blanco se frenó, pero la costumbre de comer polenta blanca, no. Los D’Olivo resolvieron traer los granos desde Salta y poner ellos un molino en funcionamiento; hace unos años, empezaron a cultivar. Tienen cinco hectáreas que dan unos 5000 kilos anuales de polenta.

Agustín D’Olivo explicó a LA NACION que aplican técnicas agroecológicas para mantener “el proceso lo más artesanal posible”. Cuenta que el impulso al producto fuera de Colonia Caroya se lo dio, hace cinco años, el cocinero y crítico gastronómico Pietro Sorba, quien encontró el almacén “Puesto Viejo” mientras hacía su relevamiento para el libro Sabores de Córdoba.

Desde entonces, otros chefs se fueron sumando a la tendencia y la polenta blanca producida en Córdoba es parte de platos de Dolli Irigoyen, Narda Lepes y Germán Martitegui. “Quisimos recuperar la historia y el lugar. Todo es artesanal, desde el envasado al pegado de las etiquetas”, señaló D’Olivo.

Otro caso es el de Finca Don Antonio, una bodega familiar en Valle Fértil, San Juan. Es la única en la zona (que no es vitivinícola) y surgió como un emprendimiento familiar de enoturismo. Hace un tiempo decidieron incorporar más valor a su producción y diseñaron un proyecto para hacer harina de vino aprovechando el residuo de la uva, el orujo.

Matías Sánchez, director del proyecto, señaló que por año les quedan unos 3000 kilos de orujo, hollejo y semillas, después de la fermentación para hacer el vino. En general, se usa como abono o suplemento de alimento para vacas y cerdos, pero resolvieron aprovecharlo para hacer harina. “Deshidratado y molido el rendimiento es menor, al perder la humedad quedará alrededor del 60%”, contó.

Admitió que la idea surgió porque el proceso ya se hace en algunas bodegas europeas, de Estados Unidos y de Chile. En la Argentina -en mucha menor escala- se instrumenta en Mendoza y Salta. Después de una investigación, se comprobó que la harina de vino se puede consumir en pequeña cantidad mezclada con jugo o agua y en cocina.

“Hemos hecho experiencias con una pastelería artesanal y da muy buen resultado; estamos abiertos a otras pruebas”, agregó. La iniciativa fue seleccionada por el Ministerio de la Producción sanjuanino en el concurso “Emprender, un camino de oportunidades” y ganó el horno deshidratador que se requería para trabajar. De cara al futuro, empezarán a producir en la próxima vendimia, en marzo, en alianza con otro emprendedor que cuenta con molinos. La finca inició la implantación de viñedos en 2003 y la producción de vinos en 2005. Como es artesanal, su cupo anual es de 12.000 litros. Por ahora están en la mitad, ampliando la superficie productiva y la industrialización.

La harina de vino es libre de gluten, de color borravino, “de muy fácil digestión, buen sabor y simple de incluir en dieta para quienes se alimentan con productos libres de TACC y de gluten”.

Fuente: La Nación

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